eePues bien, esta entrada es para Facebook. Si, si. Nada extraordinario, comentarán mi apreciados lectores, ya que mis últimas entradas han ido siempre a engalanar ese rotativo muro virtual de Facebook. Y es, en este momento, cuando me dispongo a escribir sobre mi presencia en las redes sociales. Puedo confesar, sin rubor ni arrobo ninguno, que nací demasiado temprano para ello. Nací y crecí en un mundo en donde nos costaba imaginar cual sería el desarrollo real de la comunicación guiada por las alas de una tecnología cada vez más y más a propósito para ello. Y como se suele decir, esto aun no termina ya que el proceso del desarrollo tecnológico en esta área continúa imparable. Las redes sociales son solo un punto exacto de este desarrollo pero un punto tan importante como en su momento fue la implementación social de la telefonía. Si, estamos exactamente como nuestros tatarabuelos en la década de 1890 engolosinados con un nuevo juguete que aun no define su función más allá de su estricto objetivo de mantenernos comunicados. Eso es Facebook para mí: una herramienta que aun no aprendo a usar por completo ya que, como vulgar usuaria, me siento rebasada en cuanto a su empleo preciso. En Facebook tengo parientes, amigos y conocidos reales y virtuales. Tengo pues gente con la que convivo presencialmente y gente con la que convivo virtualmente. Todos son “amigos”, según Facebook, y con todos, en la medida que mis circunstancias temporales y anímicas me lo permiten, me contacto para comentarles, o compartir con ellos, cosas que encuentro en la red y que pienso pueden interesarles. Sin embargo, con el paso del tiempo como usuaria de la red social, he ido cayendo en un verdadero abismo sin fondo que termina causándome angustia por no poder cubrir formalmente lo que considero es una especie de obligación en términos de comunicación: contactarme y estar al pendiente de todos o casi todos mis contactos. El resultado de esto es que ha llegado a provocar en mi una especie de apatía con respecto a entrar a la red social que consume mi tiempo y mi esfuerzo sin apreciar resultados que me satisfagan. Al principio, dada mi inclinación hacia las decisiones tajantes, me planteé el cerrar definitivamente mi Facebook y olvidarme de las redes sociales por completo pero, después de reflexionar sobre el costo que para mis relaciones tendría esto, decidí hacer algo menos drástico: utilizar el Facebook, sin remordimientos, cuando lo necesitara solo para comunicarme con mi gente cuando me diera la gana o tuviera una necesidad puntual; como un teléfono de antes, vamos. Posibilidades que ofrece el Facebook y el teléfono no: mostrar lo que escribo en mis blog, subir fotos que me interesa compartir, leer lo que hacen mis amigos y comentarles, participar en alguna página que tenga contenido interesante para mí… En fin, he decidido ser selectiva en cuanto a mis intervenciones y comentarios porque, ni tengo tiempo, ni quiero perderlo utilizando una herramienta en donde la interrelación de calidad es cada vez más escasa. Y si, se puede vivir así; es más: recomendaría vivir así a todos aquellos que, como yo, nos agobiamos ante un muro tan lleno de “charlas” intrascendentes que difícilmente llegan a retroalimentarte. Ojo, no digo que todo sea así ya que tengo amigos con los que verdaderamente disfruto interactuar por medio de la red social, solo digo que hay mucho de eso en la red y, como el Facebook no es inteligente dado que es una herramienta, a mi me corresponde poner los límites necesarios para no caer en situaciones anímicas que, por otro lado, son perfectamente evitables. Para mi, hace tiempo que acabó la novedad que me ofrecía Facebook y estoy empezando a darle otro valor a la herramienta de la red social por excelencia. Lo que quiero ahora es recuperar un equilibrio interno que dí en su momento por perdido pero que ahora necesito para desarrollarme como persona a otro nivel y sin distracciones que en vez de aportarme, me quiten. Así pues, concluyo expresando que, si bien no cerraré mi Facebook, tampoco me dedicaré a él de tiempo completo porque ni puedo, ni quiero hacerlo. El día solo tiene 24 horas y hay que aprovecharlas para aprender a ser las mejores versiones de nosotros mismos, ¿no lo creen así?

 

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