Facebook y yo

eePues bien, esta entrada es para Facebook. Si, si. Nada extraordinario, comentarán mi apreciados lectores, ya que mis últimas entradas han ido siempre a engalanar ese rotativo muro virtual de Facebook. Y es, en este momento, cuando me dispongo a escribir sobre mi presencia en las redes sociales. Puedo confesar, sin rubor ni arrobo ninguno, que nací demasiado temprano para ello. Nací y crecí en un mundo en donde nos costaba imaginar cual sería el desarrollo real de la comunicación guiada por las alas de una tecnología cada vez más y más a propósito para ello. Y como se suele decir, esto aun no termina ya que el proceso del desarrollo tecnológico en esta área continúa imparable. Las redes sociales son solo un punto exacto de este desarrollo pero un punto tan importante como en su momento fue la implementación social de la telefonía. Si, estamos exactamente como nuestros tatarabuelos en la década de 1890 engolosinados con un nuevo juguete que aun no define su función más allá de su estricto objetivo de mantenernos comunicados. Eso es Facebook para mí: una herramienta que aun no aprendo a usar por completo ya que, como vulgar usuaria, me siento rebasada en cuanto a su empleo preciso. En Facebook tengo parientes, amigos y conocidos reales y virtuales. Tengo pues gente con la que convivo presencialmente y gente con la que convivo virtualmente. Todos son “amigos”, según Facebook, y con todos, en la medida que mis circunstancias temporales y anímicas me lo permiten, me contacto para comentarles, o compartir con ellos, cosas que encuentro en la red y que pienso pueden interesarles. Sin embargo, con el paso del tiempo como usuaria de la red social, he ido cayendo en un verdadero abismo sin fondo que termina causándome angustia por no poder cubrir formalmente lo que considero es una especie de obligación en términos de comunicación: contactarme y estar al pendiente de todos o casi todos mis contactos. El resultado de esto es que ha llegado a provocar en mi una especie de apatía con respecto a entrar a la red social que consume mi tiempo y mi esfuerzo sin apreciar resultados que me satisfagan. Al principio, dada mi inclinación hacia las decisiones tajantes, me planteé el cerrar definitivamente mi Facebook y olvidarme de las redes sociales por completo pero, después de reflexionar sobre el costo que para mis relaciones tendría esto, decidí hacer algo menos drástico: utilizar el Facebook, sin remordimientos, cuando lo necesitara solo para comunicarme con mi gente cuando me diera la gana o tuviera una necesidad puntual; como un teléfono de antes, vamos. Posibilidades que ofrece el Facebook y el teléfono no: mostrar lo que escribo en mis blog, subir fotos que me interesa compartir, leer lo que hacen mis amigos y comentarles, participar en alguna página que tenga contenido interesante para mí… En fin, he decidido ser selectiva en cuanto a mis intervenciones y comentarios porque, ni tengo tiempo, ni quiero perderlo utilizando una herramienta en donde la interrelación de calidad es cada vez más escasa. Y si, se puede vivir así; es más: recomendaría vivir así a todos aquellos que, como yo, nos agobiamos ante un muro tan lleno de “charlas” intrascendentes que difícilmente llegan a retroalimentarte. Ojo, no digo que todo sea así ya que tengo amigos con los que verdaderamente disfruto interactuar por medio de la red social, solo digo que hay mucho de eso en la red y, como el Facebook no es inteligente dado que es una herramienta, a mi me corresponde poner los límites necesarios para no caer en situaciones anímicas que, por otro lado, son perfectamente evitables. Para mi, hace tiempo que acabó la novedad que me ofrecía Facebook y estoy empezando a darle otro valor a la herramienta de la red social por excelencia. Lo que quiero ahora es recuperar un equilibrio interno que dí en su momento por perdido pero que ahora necesito para desarrollarme como persona a otro nivel y sin distracciones que en vez de aportarme, me quiten. Así pues, concluyo expresando que, si bien no cerraré mi Facebook, tampoco me dedicaré a él de tiempo completo porque ni puedo, ni quiero hacerlo. El día solo tiene 24 horas y hay que aprovecharlas para aprender a ser las mejores versiones de nosotros mismos, ¿no lo creen así?

 

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Episodio VII: El despertar de la Fuerza

 

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No, no voy a hacer una crítica cinematográfica ya que no soy una experta crítica de cine. No pienso hablar aquí de actores, escritores, ni guionistas. Voy a  escribir sobre mis impresiones de espectadora tratando, por supuesto, de ingresar “spoilers” -término anglosajón que implica aguarle la fiesta a quien aun no ha ido a verla- para que no se me tilde de inoportuna. Pues bien, después de haber cacareado a los cuatro vientos que iría a ver esta película en enero para hacer un sentido homenaje al inicio de mi propia saga como espectadora, no me pude aguantar y, aprovechando que estoy de vacaciones y era lunes -lo que significa que la entrada costaba menos-, me fuí a verla en la más absoluta de las soledades. Absoluta y disfrutable, confieso. Primera diferencia con lo que viví en aquel enero de 1978: el cine estaba vacío. Si, con cuatro o cinco espectadores diseminados por toda la sala, lo que me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo. Tal vez el asunto era que la fuí a ver temprano, hacia las 2 o 3 de la tarde. Lo cierto es que, una vez empezó la proyección se me olvidó todo y me concentré en disfrutar la experiencia. Y sí, como en aquella ocasión lejana, la disfruté y mucho. Puedo decir que se me quitó el mal sabor de boca que me dejaron las presecuelas del propio George Lucas, creador del concepto de Star Wars ya que, volver a ver a Han Solo, Leia, Luke, C3PO, Cheewaca y R2D2, fue suficiente para volver a reconectarme con lo que viví hace casi treinta y ocho años. Por supuesto, el tiempo no pasa en vano y, si se desea brindarle una vida muy, muy larga a la serie, ésta debe de renovarse sin perder su esencia y eso es lo que tratan de hacer los nuevos y jóvenes personajes de Star Wars. La nostalgia me llevó ante la pantalla para volver a ver a los que ví en enero de 1978 -y eché profundamente de menos a mi Obi Wan Kenobi actuado por el simpar Alec Guinness que fue el que me llevó a ver una película que me juré no ver nunca porque, a mis adolescentes dieciséis años, no me gustaba lo que le gustaba a resto de mis contemporáneos- y, al tenerlos frente a mis ojos, fue regresar en mi interior a tener otra vez la edad que tenía entonces. Y en ese momento fue cuando agradecí que la sala estuviera oscura y que no hubiera nadie sentado a mi lado pues poco me faltó para gritar, presa de la emoción, algunos nombres o para ponerme rabiosamente a aplaudir al reconocer objetos, situaciones o lugares icónicos de la saga. No, no me considero una fan del mundo de Star Wars, ni de cualquier otro mundo de ficción que haya conocido a través de las películas o de las series de televisión de mi época de adolescente durante los Setentas del siglo pasado. Hoy por hoy me siguen gustando, es cierto, y lo hacen porque tienen la magia de llevarme de regreso a una época de mi vida que, no por encontrarse lejos en el tiempo, no sigue viviendo en mí por medio de la memoria. Por eso fuí a ver el Episodio VII y juro que no salí defraudada, al contrario, me dejó la curiosidad de querer seguir al pendiente de la saga para ver si, en efecto, se logra estabilizar y potenciar el espíritu que creó George Lucas para su solaz y el de varias generaciones que disfrutamos sus tres primeras películas. Por cierto, si cuando vi aparecer a Harrison Ford y a Carrie Fisher, casi lloró, cuando ví a Mark Hamill caracterizado como un viejo jedi, simplemente caí en un estado de total arrobamiento emocional pues de inmediato pensé: “He aquí la obra  de Obi Wan Kenobi. La estafeta ha sido entregada. El bueno de Ben puede descansar en paz”.

Un ratoncito de archivo

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Son las 9 con 18 minutos de la noche y estoy escuchando a Mozart. Si, escuchando un concierto de piano que me lleva, sin que yo realmente lo pretenda a un pasado que ahora se me antoja ya lejano. El cumplir años es lo que tiene y así es como la memoria se llena de recuerdos que un olor o una circunstancia, a veces anodina, dispara sin que realmente podamos evitarlo. Así me pasó hoy y ciertamente fue una especie de recuerdo incómodo de esa vida que dejé pendiente y como suspendida de un hilo que, aun hoy, no me atrevo a cortar. Hoy estuve en el Centro para ver si lograba internarme en los vericuetos del Archivo Histórico de la Ciudad de México. No me sirvió de nada o, mejor dicho, me sirvió de muy poco haber cruzado el dintel del ingreso a la antigua casa de los Condes de Heras Soto en donde se encuentra el archivo. Estaba emocionada ante la idea de poder ubicar un inmueble en particular en la traza urbana de esta centenaria ciudad durante la década de 1840. Un inmueble localizado en una calle específica con un número aun más preciso. Pero no pude porque la biblioteca tiene un horario que no me permite acceder a ella ya que, en esos precisos instantes, estoy trabajando en una oficina. Respecto al archivo, es necesario acceder a la credencial de investigador por medio de unos trámites que se tienen que realizar también en un horario al que no puedo tener acceso en mi actual situación. Si el lector de estas letras piensa que salí del archivo frustrada estará en lo correcto. No, no salí enojada, salí frustrada y envuelta en un estado de ánimo ente nostálgico y melancólico. ¿Por qué?, porque así es la vida. Sé que esta situación no es un “no” rotundo a desarrollar una actividad que siempre me ha gustado: la de escudriñar, husmeando como un ratoncito de archivo, entre papeles viejos. Porque en el pasado, cuando aun andaba descubriendo el mundo con mis jóvenes sentidos asombrados, esos papeles viejos me hablaban de un mundo que nunca podría conocer como no fuera de esa forma a través del sepia de la tinta que se esparcía convertida en cuidadas letras que eran producidas por una mano que rara vez era anónima ya que la firma y la rúbrica solía hallarse al calce del escrito.

La primera vez que entré a un archivo histórico fue en la ciudad colombiana de Medellín en donde radiqué desde marzo de 1978 a enero de 1981 y en donde alcancé a cursar tres semestres de la carrera de Historia en la Universidad Nacional de Colombia. El archivo estaba compuesto por dos largas habitaciones adosadas a la biblioteca pública Pablo Tobón Uribe y en el se conservaban documentos notariales que databan, desde la fundación de la Villa de la Candelaria de Medellín en la segunda mitad del siglo XVII hasta registros que abarcaban ya entrado el siglo XX. En realidad era un archivo, en esos momentos, muy poco organizado ya que sus volúmenes se encontraban encuadernados en secuencia cronológica mezclando materias como las compra-ventas de esclavos, de terrenos, de inmuebles y, por supuesto, los largos e interesantísimos testamentos. Como estudiante de la carrera de Historia tuve el privilegio de poder asistir a aquellas dos habitaciones de largos anaqueles corridos en donde se encontraban los volúmenes que me hablaban, claro y fuerte, de un Medellín previo a las ansias de Independencia del entonces Virreinato de la Nueva Granada. Un Medellín del último cuarto del siglo XVIII que se me mostraba en un formato de papel oficial con sus sellos de la corona de España y su letra bastardilla italiana. Un Medellín sin muchos vecinos y con una extensión que se asemejaba al Medellín en el que yo viví. Los nombres de las poblaciones de sus alrededores eran los mismos y cuando reconocía las lindes, terminaba ubicándolas en un mapa que se nos proporcionó para las señaláramos en él como parte del ejercicio de la materia de Paleografía. Yo era feliz allí, sumergida al interior de esos papeles amarillentos que me hablaban de la vida en otra época. Disfrutaba tanto leer los testamentos llenos de fórmulas convencionales, mandas forzosas, detallados inventarios de objetos y de personas. Pasaban los días y no tardaba yo en reconocer nombres, firmas, rúbricas y otras menudencias de los documentos que iban proporcionando a mi exaltada imaginación un panorama cada vez más exacto de ese pedazo de historia. Podía pasar el tiempo y yo seguía allí hasta que me avisaban que iban a cerrar la biblioteca y por ende el archivo. Las horas pasaban sin que yo lo sintiera y sin hacerme sentir tampoco. Finalmente era un ratoncito de archivo.

Después de aquella experiencia en Colombia, el siguiente archivo que pise fue el General de la Nación que se encuentra en el llamado Palacio Negro de Lecumberri, antigua cárcel del Porfiriato, aquí en la Ciudad de México. En esta segunda ocasión, encontrándome ya estudiando la carrera de Ciencias Humanas en el Claustro, el motivo fue cumplir con un ejercicio de investigación hemerográfica sobre las huelgas de Río Blanco y Cananea a principios del siglo XX. Era el año de 1987 y volví a revivir la emoción de rebuscar entre los papeles que, aunque no eran precisamente documentos, si pertenecían a una época que no me cansaba de imaginar. Esta vez los periódicos -en concreto “El Imparcial”- me mostraron un México previo a la Revolución en donde las noticias eran acalladas por la censura mientras se lanzaban loas a un régimen que empezaba a tener sus días contados. Volver a un archivo, después de tanto tiempo, fue como regresar a casa. Y sí, guardé la credencial como un tesoro hasta que en unos de mis sucesivos cambios de residencia, le perdí la pista. Lo cierto es que, aunque quise regresar al viejo Lecumberri, ya a título personal, no pude -aunque no quito el dedo del renglón en hacerlo algún día, y cuanto más pronto mejor, de ser posible-. Es por esto que los archivos y las bibliotecas, así como otros inusitados reservorios de la letra impresa o manuscrita, me atraen como la polilla a la luz y es en ellos en donde puedo dedicarle tiempo a escudriñar buscando cosas concretas o solo descubriendo las maravillas que esos lugares tienen para ofrecerme. Y en ellos puedo estar horas y horas, días completos, detrás del hallazgo que me lleva a hacer emocionantes descubrimientos colaterales. Por eso, la experiencia de hoy fue tan frustrante cuando me decía mi misma, en mi fuero interno, que estaba retomando un camino que no debía de haber abandonado nunca porque es el camino de mi vocación de historiadora, una vocación que surgió durante mi adolescencia y que aun hoy
siento palpitar con fuerza en mis entrañas.

Interestelar

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Hoy voy a hablar de una película que no pude ver en el cine en su momento pero que me causaba mucha curiosidad merced a los comentarios que había escuchado sobre ella. Finalmente la ví y ahora si estoy en condiciones de emitir mi propio comentario sobre la película. Mi primera impresión fue el rergustillo de amargor que percibí en su trama. La vida en la tierra está a punto de la extinción y no se nos ocurre mejor cosa, como buena especie depredadora que somos, que pegar el brinco a otro planeta habitable para seguir haciendo lo que hemos hecho siempre: echar a perder, por muy buenas intenciones con las que parecemos empedrar nuestro camino de autodestrucción. Es cierto que me mantuvo todo lo que dura la película atenta a lo que sucedía en la pantalla de la televisión pero, al terminar y salir de esa especie de estado de trance en el que me sumí yendo detrás de la narración, me di cuenta que su mensaje, por lo menos para mí, no había sido nada esperanzador. Hay muchos “guiños” dentro de este filme que me remitieron a la película de Kubrik “2001: Odisea en el espacio”, como si ésta del 2014 se reflejara en aquella de 1968. Desde la música hasta la que se puede considerar la escena clave de esta película que reseño dentro del agujero negro multidimensional. Es como si nos volvieran a contar la misma historia desde una perspectiva diferente y con una connotación espacio-temporal distinta. Es como si la generación que nacía mientras Kubrik le comunicaba al espectador sus inquietudes respecto a la evolución de nuestra especie, finalmente hubiera encontrado las respuestas que se explica en esta película con el auxilio de la Física Cuántica. Y entonces me doy cuenta que seguimos sin ver lo verdaderamente importante mientras avanzamos de manera inexorable hacía nuestra inevitable extinción. No, no me gusta que me digan que en algún momento, cuando hayamos exprimido la vida en este planeta, tendremos la capacidad de irnos a otro rincón del universo a seguir agotando recursos. De una manera sutil pero contundente, se nos dice que finalmente somos los únicos seres vivos en el Universo y que nuestro desarrollo como especie nos llevará a enfretarnos al hecho de que terminaremos convirtiéndonos en una especie de seres multidimensionales. El discurso seduce, sin duda alguna, pero no creo que esté exponiendo ninguna verdad. Hoy por hoy, no podemos salir del planeta para seguir expandiéndonos como una especie de plaga estelar. No, no tenemos aun -afortunadamente- la tecnología que pueda sacarnos de la tierra para ir a colonizar otros mundos, mundos lejanos de los que desconocemos casi todo. Pero somos una especie terca y necia, así que, de momento, si no podemos ir muy lejos, podemos experimentar con Marte que solo se encuentra a dos años de distancia de la tierra, por ejemplo. Nos gusta jugar a ser dioses porque ese juego forma parte de la naturaleza humana, es el eterno juego de la creación y de la destrucción ya que una lleva implícita a la otra. Películas como ésta, nos llevan a creer que estamos más cerca de lo que pensamos de pegar ese brinco para el que nos sentimos destinados. ¿Realmente el origen de la vida en la tierra se encuentra en las estrellas?, hacía allí parecen apuntar las últimas teorías que están tomando fuerza dentro del incuestionable mundo científico contemporáneo. Pero, ese mismo mundo científico que nos habla de esa vocación interestelar humana, nos llena de humo la cabeza explicándonos que para allá vamos mientras se resiste a buscar salidas viables al atolladero al que hemos llegado como especie en estos momentos sobre la faz del planeta tierra. ¿Cuántas tierras son necesarias para contener nuestro irresitible avance depredatorio? Si, la película me puso a pensar en nuestras verdaderas oportunidades de sobrevivir como especie y, más allá de eso, como nos vamos tras los argumentos más seductores sin apreciar ni entender cual es nuestra situación y como es que debemos de hacer todo lo posible por revertirla, si es que queremos garantizar nuestra supervivencia, claro. No, no somos una especie eterna ya que, así como aparecimos sobre el planeta, desapareceremos igual en algún momento sin que se nos recuerde. Si sucedió en el pasado con otras especies, ¿por qué no asumir que ese es el fin natural también para nosotros?

Una simple opinión

2013-01-06 17.34.57Inicio este año, con un tema que no me ha dejado de dar vueltas por la cabeza desde hace unos días. Soy historiadora de vocación y, podría decir casi que hasta de carrera si ésta no se hubiera visto truncada, primero, en Colombia, en donde alcancé a estudiar tres semestres vitales de mi aprendizaje teórico como futura licenciada en Historia Universal, y después, en México donde pude concluir la carrera de Ciencias Humanas con dos semestres de especialidad dentro de la Historia de México en la hoy Universidad del Claustro de Sor Juana que entonces ostentaba el humilde nombre de Centro Universitario de Ciencias Humanas o CUDECH. Sí, desde los doce años, recuerdo haber decidido mi futuro al empeñarme en escudriñar los recovecos del pasado para convertirme así en historiadora. Era emocionante para mí descubrir e imaginar a esos hombres y mujeres que formaban parte de un pasado que me atraía tan vivamente hasta el punto de tratar de recrearlo jugando con las posibilidades que me otorgaba el conocimiento histórico. Me fascinaba la idea de poder viajar en el tiempo para conocer más, y de primera mano, los hechos que tanto me inquietaban y a sus protagonistas, aquellos que decidieron el curso de la Historia. Si, me engolosinaba deseando vivir lo imposible: un tiempo que no era mío y, para recrearlo con toda fidelidad, leía, escuchaba, veía, observaba lo que todas esas generaciones anteriores a la mía me mostraban vía su literatura, ensayos, crónicas, arte, objetos… En fin, todo ese legado que aprendí a respetar y a querer, así como a integrar a mi realidad cotidiana, a mi aquí y a mi ahora.Tal vez no haya podido titularme como historiadora de carrera, pero me asumo como una historiadora de facto y aun disfruto lo que no está escrito mientras me pierdo por los recovecos de las complejidades históricas. Por eso, cuando me tropiezo con gente que presume ser amante de las narraciones del pasado y los veo atrincherarse en sus posiciones subjetivas que desvirtúan tanto a los acontecimientos como a las personas que los propiciaron, no puedo menos que indignarme y, en ocasiones, hasta enojarme por su estulticia.  ¿Por qué digo esto?, porque he descubierto que, en México, la Historia se vuelve más interesante cuanto más desvirtuada está. En efecto, México es un país romántico al que le aburre sobremanera que sus héroes sean personas comunes con pasiones comunes y decisiones aun más comunes. Ven todo en blanco y negro sin pasar por los matices necesarios que otorgan una verdadera humanidad a sus personajes históricos. Para el mexicano de a pie, su identidad está construida por situaciones más fantásticas que verdaderamente históricas. Cree de la historia oficial lo que le conviene y, lo que no, se trastoca en la historia sórdida, sin fundamento, que él prefiere como antioficial dándole un toque conspirativo que jamás ha existido en la realidad. Así, confrontan a los protagonistas de la Historia de México tomando partido por ellos lo que hace que aun haya gente que se pelee por enfrentar a Benito Juárez con Maximiliano de Habsburgo, o a Porfirio Díaz con el propio Juárez, o con su contraparte oficial: un porfirista declarado llamado Francisco Madero. Yo aprendí rápido que la Historia de México es compleja y contradictoria ya que los héroes de hoy, son los villanos del mañana y que no puedes defender a ninguno de sus protagonistas, sin que te arriesgues a estar defendiendo a un traidor o a un oportunista.  Todos tienen sus debilidades bien marcadas, así como sus fortalezas humanas que los llevan a cometer actos de un heroísmo verdaderamente insano. Y puedo poner ejemplos concretos.  El verdadero padre de la patria mexicana, se llamó Agustín de Iturbide.  Un criollo descendiente de vascos al que le cupo el honor de dar el aldabazo correspondiente a la larga gesta de independencia llena de muertos ilustres.  ¿Y cómo lo dio? Convenciendo al primer gobernador provincial que tuvo México, como parte que era de la España liberal trasoceánica respaldada por la constitución de Cádiz de 1812,  llamado Juan O´Donojú, a hacer de este maltratado pedazo de tierra, un país independiente que, en principio, requería aun de la presencia del rey Fernando VII.  Como puede leerse, la cosa aun no estaba muy clara pues, los criollos mexicanos concebían un país independiente sin desvincularse por completo de la corona española.  Por supuesto, con el paso del tiempo, Iturbide terminó siendo el malo de la historia y el título de Padre de la Patria lo acabó recibiendo otro criollo, ni mejor ni peor, si es que han de compararse, que el propio Iturbide: Miguel Hidalgo y Costilla, un cura de costumbres nada edificantes para la sociedad de su época, que le tocó el cuestionable honor de ser uno de los primeros mártires de la independencia mexicana.  ¡Ah! porque el mexicano adora a los héores expoliados, sobajados y humillados hasta el martirio para justificarse de alguna manera y facilitar así la comprensión de los hechos contradictorios de su historia. Santa Anna, por ejemplo, queda reducido a personaje de opereta cuando su actuación política va mucho más allá de haber dizque perdido más de la mitad del territorio nacional. Antonio López de Santa Anna sienta las bases de esa dictadura perfecta a la que han aspirado todos los políticos y, después, los partidos mexicanos que han alcanzado el poder.  Como buen personaje de esta historia patria, Santa Anna empezó siendo el héroe respetado por todos que se alzó contra su antecesor y su imperio fallido, para terminar siendo el villano de la historia después de sus once reeleciones, la mengua del territorio nacional y, por supuesto, su brote de megalomanía que acabó propiciando la Revolución de Ayutla en 1854. ¡Ah! pero Santa Anna le enseñó a Juárez a no soltar el poder y, después, a que Porfirio Díaz hiciera lo propio, incluso a que Álvaro Obregón aspirara a hacer lo mismo y, por supuesto, a que Plutarco Elías Calles encontrará finalmente la solución a eso de perpetuarse en el poder sin consecuencias.  Y todos los que han llegado al poder en México han pasado de ser héroes salvadores a villanos irredentos porque, todos esos personajes brillantes, han caído en la tentación de considerarse indispensables para la salvación de la patria. Pues bien, aun así, siendo una narración compleja llena de luces y sombras, la Historia de México nos muestra el camino emprendido por un pueblo contradictorio y enfrentando a si mismo, en donde se respeta al fuerte que se impone, aunque sus principios sean cuestionables, y se protege al débil que no se muestra muy resuelto a poder hacerse respetar si no es a través de la incuestionable vía del martirio. La Historia de México y sus inaprensibles personajes nos enseñan, de manera constante, como lo que fue, sigue siendo y como se sigue viviendo hoy con la misma intensidad con la que se vivió en su momento el hecho en cuestión.  En México, hoy, el enfrentamiento de la Conquista sigue presente, como sigue presente la lucha de una sociedad estamental, esencialmente conservadora y poco proclive al cambio, por su supervivencia frente al embate de los tiempos representado siempre por las corrientes vanguardistas que en México no terminan nunca de fraguar.

Un viaje inesperado

Tolkien_1916Parece mentira que desde hace once meses, más o menos, no haya escrito ni una sola palabra en este lugar cibernético que tengo más que abandonado.  Espero que las cosas puedan cambiar  para bien en el futuro, pero tampoco estoy muy dispuesta a prometer algo que no sé si estaré en condiciones de cumplir.  De momento, estoy aquí, y hay que aprovechar esa circunstancia para hacer acto de presencia y contar algo de mi día a día.

Hoy le toca el turno a la última película que he visto en el cine: “El Hobbit. Un viaje inesperado”.  No, no soy fanática de Tolkien pero si tengo una historia que contar al respecto y para ello debo de remontarme a 1976 cuando yo vivía aun en España y JRR Tolkien, volvía a ser noticia después de su muerte. Mi padre fue el primero que me habló de Tolkien en aquellos lejanos días de mediados de los setenta del siglo XX. Mi padre pertenece a la segunda generación de lectores de Tolkien puesto que la primera era niña aun en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial.  Para mí Tolkien fue, a partir de esa charla intoductoria con mi padre, el profesor de lingüística y sajón antiguo de la Universidad de Oxford que escribió un cuento para niños llamado “El Hobbit” y que después logró continuar esa historia en un mamotreto de más de mil páginas llamado “El Señor de los Anillos”.  A mi, lo que me llamó la atención en ese momento, fue el hecho de que un sesudo erudito de lingüística que era profesor en una de las universidades más prestigiosas de Europa, hubiera sido el creador de un mundo de fantasía tan completo como cerrado en si mismo y lleno de detalles que solo una persona como él que  dedicó toda su vida al estudio de las lenguas antiguas pertenecientes al periodo de formación de la  historia de Inglaterra, pudo gestar y dar a la luz pública.  Mi padre me contó un par de anécdotas que hoy sé, no son exactas, pero que alimentaron mi imaginación durante décadas haciendo que yo quisiera leer algún día esas historias fantásticas de las que me hablaba mi padre alrrededor de la obra de Tolkien. Tardé algo más de dos década en lograr hincarle el diente a esa lectura con un resultado realmente inesperado.  Empecé leyendo de prestado “El Señor de los Anillos” y me encontré con un escollo dificilmente salvable: la aburrida, por abigarra y plagada de reiteradas y largas descripciones, prosa de Tolkien.  Comprobé en ese momento que ser profesor de Oxford no era una garantía de calidad literaria. Las más de mil páginas de la interminable historia de la lucha épica entre las razas de la Tierra Media, no lograron más que hacerme bostezar en más de una ocasión y de paso quedarme dormida.  Opté por saltarme páginas para agilizar la lectura y me di cuenta que había partes perfectamente suprimibles en el texto si se deseaba saber acuciosamente que era lo que sucedía después sin perderse en el laberinto de las acciones, los nombres, las digresiones históricas y otras lindezas que me hicieron la lectura realmente pesada.

Curiosamente, después de “El Señor de los Anillos”, leí “El Hobbit” lo que resultó un verdadero bálsamo para mi maltrecho ánimo de lectora y ese agridulce sabor de boca que me había dejado la lectura de esa biblia que es “El Señor de los Anillos”.  “El Hobbit” es ligero, compacto y sin pretensiones de gran obra puesto que iba dirigida a un público infantil.  Sus recursos literarios son los recursos de los cuentos de hadas: simples, expeditos y claros.  Si, fue un bálsamo poder encontrarme con un texto que no exigía de mí que me aprendiera de memoria nombres impronunciables de raiz finesa o islandesa y cuya trama recorría el camino de un viaje iniciático en el cual podía reconocerme como lectora.  Hice de Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado mi personaje y disfruté su lectura como no había podido disfrutar  de la ambiciosa, compleja y laberíntica trama de “El Señor de los Anillos”.  Por eso, recordando la grata experiencia, dirigí hoy mis pasos hacía una sala de cine para ver la versión fílmica de “El Hobbit”. Y bueno, no voy a ser muy incisiva en la crítica puesto que se trata de eso, de una simple versión a través de los ojos de un hombre que pertenece a la cuarta generación de lectores de Tolkien, aquellos que nacimos en los sesentas, hijos de la primera y segunda generación de lectores del mundo de la Tierra Media.  Pero juro que me desesperé cuando ví que el director o las casas productoras del filme, habían decidido convertir ese agradable cuento en el desesperante “Señor de los Anillos” dividiendo la historia en tres partes.  A parte de que se me hace completamente absurdo, entendí que estas son las consecuencias de vivir sumidos en el interior de una cultura de voraz consumo.  Si las tres películas de “El Señor de los Anillos”, llenó los bolsillos de quienes produjeron las películas, ¿por qué no tratar de repetir la experiencia con “El Hobbit”? Supongo que lo lograrán porque hay un mundo plagado de fanáticos de Tolkien y sus historias que abarrotarán las salas de cine en donde se exhiban todas las películas.  Yo, por mi parte, lamento profundamente que se haya tomado la decisión de alargar y componer una historia que, desde mi punto de vista de lectora, está mucho mejor narrada que su pretendida secuela, y todo, con la discutible finalidad de engrosar la alcancía de quienes participaron en este proyecto fílmico. En fin, pase lo que pase, yo seguiré recordando a Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado y a su noble aventura, como un referente de mi propio viaje iniciático que tuvo, como el del entrañable personaje de Tolkien, un resultado igual de de inesperado.

La próxima guerra

Desde julio que no me dignaba a pasar por aquí.  Casi medio año condenando este espacio al silencio.  Menos mal que siempre suceden cosas que pueden reactivar estas líneas cibernéticas y regresar mi presencia virtual al mundo efímero de la red. Y, es precisamente de este espacio efímero del que quiero hablar. Cuando nació el internet, todo el mundo se congratuló de la cantidad de posibilidades que brindaba un espacio de esta naturaleza.  El internet creció, se desarrolló y nos mostró entonces sus riesgos y sus debilidades.  Es un buen vehículo para compartir información de manera pública y gratuita al que le falla un poco el aspecto de la privacidad.  Es un medio que pone a disposición de todos lo que se te ocurre subir a la red. Así ha sido por años hasta que, recientemente, los dueños del poder empezaron a cuestionarse por la magnitud del hecho y lo que significaba que la información pasara de unos ojos a otros sin ninguna reserva.  Wikileaks fue del primer aviso de lo que se podía hacer con la red y nuestros miedosos poderosos, decidieron meter en cintura a todos lo que, de manera impune, según ellos, no respetaban aquello que debe de permanecer oculto y secreto. Por eso, la semana que viene, el gobierno más paranoico del planeta, pretende asestar un golpe a este desfavorable marcador en su contra dando el visto bueno a una ley que, de implementarse en todo su rigor, nos convertirá en individuos vigilados por el ojo que todo lo ve -a la manera del Big Brother de Orwell-. Por supuesto, como siempre querrán hacernos creer que es por nuestro bien y que debemos de aguantar una situación que va en contra de esas mismas libertades que este este gobierno paranóico, dizque defiende en todo el mundo.  Volverán pues a ponerse su uniforme de policía para castigar a todo aquel que atente contra sus muchos intereses, aunque haciendo enfásis en el asunto de la información que debe de ser estrictamente controlada.

¿Sobrevivirán los sitios de internet a este embate? Esperemos que si, aunque la cosa no se vea del todo clara.  Irán detrás de todos aquellos que los amenacen, o por los que se sientan amenazados, sin respetar fronteras; mientras que los individuos pocos impotantes, recibirán sus reprimendas públicas como castigo ejemplar a su osadía.  Se instaurará un reino del terror que llevará al ciudadano común a tomar sus medidas de protección alejándose del mundo de la red.  Yo lo siento por las nuevas generaciones que han crecido disponiendo de un recurso y una herramienta que ahora se les pretende limitar y controlar desde el poder mismo.  ¿Qué futuro le veo pues al internet? Si se aprueba esta ley mordaza, poco, muy poco.  Un futuro controlado por el que se sienta en la silla y se siente incomodado frente a las libertades de quienes gobierna.

X Gen

En México D.F. hay una publicación periódica que se llama “Algarabía” llena de guiños extraordinarios que hablan de nuestra propia contemporaneidad.  Pues bien, al módico precio de $30 pesos, compré un fascículo coleccionable de esta publicación dedicado, en exclusiva, a las generaciones. ¿Cuántas hay?, ¿a qué generación pertenece el lector?, ¿cómo se distingue una generación de otra? Tal vez no sean preguntas que inquieten a todos; pero, la curiosidad por disfrutar de su contenido, hizo que la comprara. Y, ¿con qué me encontré en su interior?, con conceptos  más o menos interesantes que me divirtieron e ilustraron a partes iguales.  La curiosidad por saber a que generación pertenezco y cuales son sus principales características, fueron puntos claves para el disfrute de la lectura. ¿Me parezco?, ¿realmente soy así?

El texto fue escrito por alguien de mi propia generación y, sin duda ninguna, pude encontrarme entre los recovecos de la redacción de su autor.  Empezaré como empieza la revista: hablando de los antecedentes del estudio en el cual se basa. A finales de los años 80 del siglo pasado, un par de estudiosos norteamericanos -William Strauss y Neil Howe- especialistas en leyes, movimientos históricos y economía, decidieron hincarle el diente al asunto generacional y, en 1991, publicaron un libro titulado: “Generations” en donde comienzan por corroborar el famoso adagio árabe que reza que uno es más hijos de su tiempo que de sus padres explicado con los siguientes conceptos: las personas no pertenecemos a un rango de edad en exclusiva, sino que formamos parte de una generación que atraviesa un mismo rango de edad en un momento determinado compartiendo entre si los mismos referentes culturales, uso del lenguaje, creencias y lecciones de vida.  Y, puesto que las generaciones están compuestas por seres humanos que no son estáticos, se deduce un dinamismo particular dentro de estas mismas generaciones. Finalmente, como le sucede al hombre en particular, las generaciones también nacen, crecen, maduran y se transforman. Año tras año, prosigue el redactor de “Algarabía”, las decisiones de los hombres y las mujeres de una generación determinada, son golpeadas por las modas y los hechos de la historia; pero, a la larga, la trayectoria de su vida está gobernada por el arquetipo de la generación a la que pertenecen.

Los arquetipos generacionales que postulan Strauss y Howe son cuatro:

  • Nómadas.
  • Héroes.
  • Artistas.
  • Profetas.
Yo pertenezco a una generación nómada, hija de la de los profetas y madre de la de los héroes. Y si, no me costó trabajo asumirme como nómada en cuanto empecé a leer que fuimos niños desatendidos lo que provoca que, como padres, seamos sobreprotectores. También me identifico plenamente con el ansia de libertad, con esa sensación de ser un superviviente y con ese tratar de ser honorable a toda costa. Además, contamos con una noción de la realidad tan peculiar, que no nos permite ser optimistas. LA generación a la que pertenezco, también se la nombra como: “Decimotercera”, aunque más comunmente se le marca con una enigmática, a la par que estigmática, X. Mi generación abarca a los nacidos entre 1961 -año de mi nacimiento- y 1981. Este periodo de veinte años es calificado por Strauss y Howe, de la siguiente manera: como hijos de la Guerra Fría, fuimos testigos de la estrepitosa caída tanto del modelo capitalista occidental como del paradigma de la familia tradicional:  nuestras madres fueron las primeras feministas de la liberación sexual y nuestros padres, en la mayoría de los casos, fueron figuras ausentes. Todo esto llevo a aumentar tanto el indice de divorcios, como el de las madres solteras.  Hijos pues de la ruptura que propicio la anterior generación de profetas. Nuestra infancia se vio marcada por el miedo a la confrontación nuclear y al fin de mundo. Nuestra conciencia generacional, tiene pues tintes apocalípticos y esta signada por un pavoroso miedo al futuro.
Al ser niños desatendidos y descuidados por sus padres, crecimos con problemas de autoestima y con unas expectativas muy bajas con respecto a nosotros mismos, por lo que solemos rechazar los ideales de status, dinero y ascenso social. Todo esto  provoca que nos alienemos, sobrecalifiquemos, seamos malpagados y decidamos regresar la seno familiar después de haber fracasado. No nos oponemos a nada; pero, tampoco apoyamos abiertamente nada ya que nuestras expectativas financieras, laborales y personales, son muy muy bajas. Con ese espíritu apocalíptico que poseemos, caminamos con desencanto y escepticismo adoptando macrotendencias y prácticas sociales, combatiendo ataques de ansiedad y depresiones con fármacos y terapias alternativas. Nuestra “Generación X”, está convencida de que no hay nada nuevo bajo el sol, que nuestra búsqueda no dará frutos y de que el fin del mundo, tampoco vendrá. Así que seguimos respirando mientras tratamos y hacemos esfuerzos por sentirnos mejor con la finalidad de sobrevivir a nuestro tedio y al fastidio del día a día, mientras esperamos pacientemente nuestra extinción.

G.K. Chesterton

¡Aleluya! Después de múltiples intentos por tratar de escribir algo en este espacio, finalmente puedo ver lo que escribo.  En fin… ¿De que quería hablar?… ¡Ah si!, del simpar Gilbert Keith Chesterton.  Un hombre con un nombre semejante, tiene por fuerza que dedicarse  a algo tan complicado como el humor y como causarlo a través de sus escritos. Este hombre de aspecto descomunal -medía un metro con 93 centimetros, lo que le hubiera permitido ver directamente a los ojos de su contemporáneo Franz Kafka-. Pues bien, mi primer encuentro con este escritor británico, que murió el mismo día en que yo nacería un cuarto de siglo después, se produjo hace muchos años a través de su celebérrimo Padre Brown.  El Padre Brown, personaje que fue interpretado en su momento por mi actor icónico: Sir Alec Guinness. Ciertamente, era una muy atractiva combinación, misma que me llevó de la mano a conocer, de manera directa, a G.K. Chesterton.  En esta ocasión, leí alguno de sus ensayos que, como siempre, se me hicieron una completa delicia.  Se habla mucho del humor inglés, al cual se le suele clasificar de negro, entendiendo como “negro” una cualidad que va de la ironía profunda a la mordacidad más extrema.  Solo los ingleses logran ese punto de humor en que las afamadas Leyes de Murphy se tornan en absolutas paradojas. Un humor inteligente que, para ser apreciado, es necesario poseer, si no una cultura extraordinaria si una una cultura mediana con largas y profundas raíces en una lógica contundente y aplastante.  Dicho todo esto puedo proseguir diciendo que el humor de Chesterton tiene toda estas características tan británicas como el propio Big Ben o la ancestral niebla londinense de antaño. Lo que me trae a mientes lo que suele decir mi anglófila compañera de oficina sobre mí:  que, aunque yo lo niegue y me empecine en lo contrario, hay una soterrada corriente de identificación entre la flema británica y yo.  Me esfuerzo en negarlo, por supuesto; pero, sé que en el fondo, su apreciación se acerca peligrosamente a una verdad que capoteo con auténtica tenacidad.  No sé si me gusta Chesterton por su manera absolutamente lógica de ver la vida humana y lo que ésta produce, o porque me reconozco en algunos de sus mordaces comentarios.  En todo caso, la conclusión es que Chesterton me subyuga, sin que yo pueda evitarlo, a través de su retórica impecable. Chesterton pertenece a una generación particularmente conspicua de la cultura contemporánea inglesa, una generación que provocó un cambio dentro de su sociedad al tiempo que se veía afectada por sucesos que la marcaron de una manera muy poco agradable.  Fue la generación de la Primera Guerra Mundial, la que se reincorporó a una sociedad perpleja que no entendía porque todo cambiaba tan rápido y sin poder detenerse.  Los jóvenes de esta generación sufrieron la perdida de sus hermanos en las incompresibles trincheras y regresaron a sus casa, cuando tuvieron la suerte de sobrevivir, asqueados por la experiencia de la guerra.  Por supuesto, el saber que solo se tenía el hoy, volvió a esos jóvenes mucho más reflexivos y, al mismo tiempo, arriesgados.  Chesterton vivió ese tiempo de cambio como el resto de su generación, sin saber exactamente en donde asirse y como hacerlo; sin embargo, como a muchos de sus contemporáneos, les sedujo la espiritualidad religiosa como una forma de anclaje a la realidad que, sin detestarla, tanto les dolía.  Chesterton murió en vísperas de una Segunda Guerra Mundial que no habría tolerado de haberla vivido.  Su mundo y su época le dio mucho material para escribir y hacer valer sus razones.  También nos da a nosotros, por supuesto, mucho material para acercarnos a ese cambio de siglo y a la evolución de un pensamiento que tuvo que combatir a la desesperanza, al miedo y a la frustración que produjo la sinsrazón de la violencia.

De tsunamis y otras humedades apocalípticas

Hoy estaba en casa de mi amiga Alejandra, como a  eso de la una de la madrugada, cuando empecé a ver, ¡en vivo!, las primera imágenes de un fenómeno tectónico-climático que se viene repitiendo desde hace millones de años sin que ello cause mayor alboroto que el que merece su recurrencia destructiva.  Pero, en este marzo del 2011, las cosas parecen ser diferentes.  En primer lugar, porque el hecho nos sigue sobrepasando dentro de su naturaleza imprevisible. En segundo lugar, porque en esta ocasión, el afectado, fue un pueblo del primer mundo.  En tercer lugar, porque millones de personas pudieron ver en vivo, y a todo color, la avasalladora fuerza del meteoro que  volvió  a hacernos sentir absolutamente impotentes.  Yo no estoy peleada con la naturaleza porque sé que, tratar de forzarla, es sencillamente imposible.  Mucha gente a perdido sus vidas y sus bienes materiales y, esto a Japón, le costará años de esfuerzo para lograr sobreponerse.  Lo harán, por supuesto.  Japón es un pueblo de cultura de supervivencia cuyo desarrollo económico, le ha hecho creer que puede vencer a su propio destino.  Los japoneses tienen la idea de que su archipiélago, algún día, se sumergirá en las profundidades del océano Pacífico sin que nada, ni nadie, pueda evitarlo. Creo que hoy tuvieron un nuevo aviso de que tal cosas sucederá algún día sin remedio.

Sin duda, habrá personas en Occidente que no no podrán alejar de sus mentes la idea de un final del mundo, tal y como hoy lo conocemos, en el 2012; sin embargo, nuestros terrores milenaristas y apocalípticos, no dejan de ser elucubraciones absurdas.  Lo que si es cierto -porque hay vestigios de que tal cosa ocurrió en el pasado-,  es que nuestro planeta se está reacomodando y que es la primera vez que la especie humana presenciará un fenómeno de tal magnitud. No, no se trata de gases que causan el efecto invernadero, ni tampoco de un cambio climático del cual sentirnos absolutos y soberbios culpables.  Se trata de que la tierra entra en una nueva fase de la que tal vez, solo tal vez, resultaremos prescindibles.  Si sucede todo lo que los signos de los tiempos preveen, es muy factible que gran parte de la especie humana no sobreviva al cataclismo.  Finalmente no dejamos de ser seres o entidades biológicas con la misma fragilidad inherente a la de cualquier otra especie que habita nuestro planeta.  Nosotros no seremos los únicos afectados.  Los habitats de muchas especies, mayores y menores, se verán definitivamente afectados y eso implicará la desaparición de todas las especies que no puedan adaptarse a las nuevas condiciones planetarias.  En efecto, la vida continuará poblando la tierra pero no será la misma vida que hoy conocemos, sin duda.  ¿Hasta donde nuestra actual tecnología será capaz de prolongar nuestra cultura más allá de la inevitable catástrofe?  Supongo que hay muy pocas posibilidades de que eso pueda ocurrir en su totalidad; aunque, dentro de un escenario optimista, los jirones que queden de nuestra civilización, podrán servir de base para nuevos desarrollos culturales a lo largo y ancho del renovado planeta.  Lo más probable es que mis ojos no puedan contemplar la maravilla del renacer; pero, sirva mi intención para desear un mundo nuevo y mejor a las futuras generaciones de seres humanos que tengan que adaptarse a esas otras duras condiciones de supervivencia.

Lo sucedido en Japón desgranó, en el interior de mi mente, las anteriores reflexiones.  No, un tsumani no podrá con el orgullo japonés, ni con el inverterado miedo de Occidente a los cambios profundos.  Este tsumani no obligará a las naciones reacias, a firmar ningún protocolo ambiental realizado en la imperial ciudad de Kyoto y tampoco nos abrirá los ojos hacía la catástrofe que nos dirigimos.  Quizá nuestra ceguera sea, después de todo una bendición.