La próxima guerra

2 comentarios

Desde julio que no me dignaba a pasar por aquí.  Casi medio año condenando este espacio al silencio.  Menos mal que siempre suceden cosas que pueden reactivar estas líneas cibernéticas y regresar mi presencia virtual al mundo efímero de la red. Y, es precisamente de este espacio efímero del que quiero hablar. Cuando nació el internet, todo el mundo se congratuló de la cantidad de posibilidades que brindaba un espacio de esta naturaleza.  El internet creció, se desarrolló y nos mostró entonces sus riesgos y sus debilidades.  Es un buen vehículo para compartir información de manera pública y gratuita al que le falla un poco el aspecto de la privacidad.  Es un medio que pone a disposición de todos lo que se te ocurre subir a la red. Así ha sido por años hasta que, recientemente, los dueños del poder empezaron a cuestionarse por la magnitud del hecho y lo que significaba que la información pasara de unos ojos a otros sin ninguna reserva.  Wikileaks fue del primer aviso de lo que se podía hacer con la red y nuestros miedosos poderosos, decidieron meter en cintura a todos lo que, de manera impune, según ellos, no respetaban aquello que debe de permanecer oculto y secreto. Por eso, la semana que viene, el gobierno más paranoico del planeta, pretende asestar un golpe a este desfavorable marcador en su contra dando el visto bueno a una ley que, de implementarse en todo su rigor, nos convertirá en individuos vigilados por el ojo que todo lo ve -a la manera del Big Brother de Orwell-. Por supuesto, como siempre querrán hacernos creer que es por nuestro bien y que debemos de aguantar una situación que va en contra de esas mismas libertades que este este gobierno paranóico, dizque defiende en todo el mundo.  Volverán pues a ponerse su uniforme de policía para castigar a todo aquel que atente contra sus muchos intereses, aunque haciendo enfásis en el asunto de la información que debe de ser estrictamente controlada.

¿Sobrevivirán los sitios de internet a este embate? Esperemos que si, aunque la cosa no se vea del todo clara.  Irán detrás de todos aquellos que los amenacen, o por los que se sientan amenazados, sin respetar fronteras; mientras que los individuos pocos impotantes, recibirán sus reprimendas públicas como castigo ejemplar a su osadía.  Se instaurará un reino del terror que llevará al ciudadano común a tomar sus medidas de protección alejándose del mundo de la red.  Yo lo siento por las nuevas generaciones que han crecido disponiendo de un recurso y una herramienta que ahora se les pretende limitar y controlar desde el poder mismo.  ¿Qué futuro le veo pues al internet? Si se aprueba esta ley mordaza, poco, muy poco.  Un futuro controlado por el que se sienta en la silla y se siente incomodado frente a las libertades de quienes gobierna.

X Gen

Deja un comentario

En México D.F. hay una publicación periódica que se llama “Algarabía” llena de guiños extraordinarios que hablan de nuestra propia contemporaneidad.  Pues bien, al módico precio de $30 pesos, compré un fascículo coleccionable de esta publicación dedicado, en exclusiva, a las generaciones. ¿Cuántas hay?, ¿a qué generación pertenece el lector?, ¿cómo se distingue una generación de otra? Tal vez no sean preguntas que inquieten a todos; pero, la curiosidad por disfrutar de su contenido, hizo que la comprara. Y, ¿con qué me encontré en su interior?, con conceptos  más o menos interesantes que me divirtieron e ilustraron a partes iguales.  La curiosidad por saber a que generación pertenezco y cuales son sus principales características, fueron puntos claves para el disfrute de la lectura. ¿Me parezco?, ¿realmente soy así?

El texto fue escrito por alguien de mi propia generación y, sin duda ninguna, pude encontrarme entre los recovecos de la redacción de su autor.  Empezaré como empieza la revista: hablando de los antecedentes del estudio en el cual se basa. A finales de los años 80 del siglo pasado, un par de estudiosos norteamericanos -William Strauss y Neil Howe- especialistas en leyes, movimientos históricos y economía, decidieron hincarle el diente al asunto generacional y, en 1991, publicaron un libro titulado: “Generations” en donde comienzan por corroborar el famoso adagio árabe que reza que uno es más hijos de su tiempo que de sus padres explicado con los siguientes conceptos: las personas no pertenecemos a un rango de edad en exclusiva, sino que formamos parte de una generación que atraviesa un mismo rango de edad en un momento determinado compartiendo entre si los mismos referentes culturales, uso del lenguaje, creencias y lecciones de vida.  Y, puesto que las generaciones están compuestas por seres humanos que no son estáticos, se deduce un dinamismo particular dentro de estas mismas generaciones. Finalmente, como le sucede al hombre en particular, las generaciones también nacen, crecen, maduran y se transforman. Año tras año, prosigue el redactor de “Algarabía”, las decisiones de los hombres y las mujeres de una generación determinada, son golpeadas por las modas y los hechos de la historia; pero, a la larga, la trayectoria de su vida está gobernada por el arquetipo de la generación a la que pertenecen.

Los arquetipos generacionales que postulan Strauss y Howe son cuatro:

  • Nómadas.
  • Héroes.
  • Artistas.
  • Profetas.
Yo pertenezco a una generación nómada, hija de la de los profetas y madre de la de los héroes. Y si, no me costó trabajo asumirme como nómada en cuanto empecé a leer que fuimos niños desatendidos lo que provoca que, como padres, seamos sobreprotectores. También me identifico plenamente con el ansia de libertad, con esa sensación de ser un superviviente y con ese tratar de ser honorable a toda costa. Además, contamos con una noción de la realidad tan peculiar, que no nos permite ser optimistas. LA generación a la que pertenezco, también se la nombra como: “Decimotercera”, aunque más comunmente se le marca con una enigmática, a la par que estigmática, X. Mi generación abarca a los nacidos entre 1961 -año de mi nacimiento- y 1981. Este periodo de veinte años es calificado por Strauss y Howe, de la siguiente manera: como hijos de la Guerra Fría, fuimos testigos de la estrepitosa caída tanto del modelo capitalista occidental como del paradigma de la familia tradicional:  nuestras madres fueron las primeras feministas de la liberación sexual y nuestros padres, en la mayoría de los casos, fueron figuras ausentes. Todo esto llevo a aumentar tanto el indice de divorcios, como el de las madres solteras.  Hijos pues de la ruptura que propicio la anterior generación de profetas. Nuestra infancia se vio marcada por el miedo a la confrontación nuclear y al fin de mundo. Nuestra conciencia generacional, tiene pues tintes apocalípticos y esta signada por un pavoroso miedo al futuro.
Al ser niños desatendidos y descuidados por sus padres, crecimos con problemas de autoestima y con unas expectativas muy bajas con respecto a nosotros mismos, por lo que solemos rechazar los ideales de status, dinero y ascenso social. Todo esto  provoca que nos alienemos, sobrecalifiquemos, seamos malpagados y decidamos regresar la seno familiar después de haber fracasado. No nos oponemos a nada; pero, tampoco apoyamos abiertamente nada ya que nuestras expectativas financieras, laborales y personales, son muy muy bajas. Con ese espíritu apocalíptico que poseemos, caminamos con desencanto y escepticismo adoptando macrotendencias y prácticas sociales, combatiendo ataques de ansiedad y depresiones con fármacos y terapias alternativas. Nuestra “Generación X”, está convencida de que no hay nada nuevo bajo el sol, que nuestra búsqueda no dará frutos y de que el fin del mundo, tampoco vendrá. Así que seguimos respirando mientras tratamos y hacemos esfuerzos por sentirnos mejor con la finalidad de sobrevivir a nuestro tedio y al fastidio del día a día, mientras esperamos pacientemente nuestra extinción.

G.K. Chesterton

Deja un comentario

¡Aleluya! Después de múltiples intentos por tratar de escribir algo en este espacio, finalmente puedo ver lo que escribo.  En fin… ¿De que quería hablar?… ¡Ah si!, del simpar Gilbert Keith Chesterton.  Un hombre con un nombre semejante, tiene por fuerza que dedicarse  a algo tan complicado como el humor y como causarlo a través de sus escritos. Este hombre de aspecto descomunal -medía un metro con 93 centimetros, lo que le hubiera permitido ver directamente a los ojos de su contemporáneo Franz Kafka-. Pues bien, mi primer encuentro con este escritor británico, que murió el mismo día en que yo nacería un cuarto de siglo después, se produjo hace muchos años a través de su celebérrimo Padre Brown.  El Padre Brown, personaje que fue interpretado en su momento por mi actor icónico: Sir Alec Guinness. Ciertamente, era una muy atractiva combinación, misma que me llevó de la mano a conocer, de manera directa, a G.K. Chesterton.  En esta ocasión, leí alguno de sus ensayos que, como siempre, se me hicieron una completa delicia.  Se habla mucho del humor inglés, al cual se le suele clasificar de negro, entendiendo como “negro” una cualidad que va de la ironía profunda a la mordacidad más extrema.  Solo los ingleses logran ese punto de humor en que las afamadas Leyes de Murphy se tornan en absolutas paradojas. Un humor inteligente que, para ser apreciado, es necesario poseer, si no una cultura extraordinaria si una una cultura mediana con largas y profundas raíces en una lógica contundente y aplastante.  Dicho todo esto puedo proseguir diciendo que el humor de Chesterton tiene toda estas características tan británicas como el propio Big Ben o la ancestral niebla londinense de antaño. Lo que me trae a mientes lo que suele decir mi anglófila compañera de oficina sobre mí:  que, aunque yo lo niegue y me empecine en lo contrario, hay una soterrada corriente de identificación entre la flema británica y yo.  Me esfuerzo en negarlo, por supuesto; pero, sé que en el fondo, su apreciación se acerca peligrosamente a una verdad que capoteo con auténtica tenacidad.  No sé si me gusta Chesterton por su manera absolutamente lógica de ver la vida humana y lo que ésta produce, o porque me reconozco en algunos de sus mordaces comentarios.  En todo caso, la conclusión es que Chesterton me subyuga, sin que yo pueda evitarlo, a través de su retórica impecable. Chesterton pertenece a una generación particularmente conspicua de la cultura contemporánea inglesa, una generación que provocó un cambio dentro de su sociedad al tiempo que se veía afectada por sucesos que la marcaron de una manera muy poco agradable.  Fue la generación de la Primera Guerra Mundial, la que se reincorporó a una sociedad perpleja que no entendía porque todo cambiaba tan rápido y sin poder detenerse.  Los jóvenes de esta generación sufrieron la perdida de sus hermanos en las incompresibles trincheras y regresaron a sus casa, cuando tuvieron la suerte de sobrevivir, asqueados por la experiencia de la guerra.  Por supuesto, el saber que solo se tenía el hoy, volvió a esos jóvenes mucho más reflexivos y, al mismo tiempo, arriesgados.  Chesterton vivió ese tiempo de cambio como el resto de su generación, sin saber exactamente en donde asirse y como hacerlo; sin embargo, como a muchos de sus contemporáneos, les sedujo la espiritualidad religiosa como una forma de anclaje a la realidad que, sin detestarla, tanto les dolía.  Chesterton murió en vísperas de una Segunda Guerra Mundial que no habría tolerado de haberla vivido.  Su mundo y su época le dio mucho material para escribir y hacer valer sus razones.  También nos da a nosotros, por supuesto, mucho material para acercarnos a ese cambio de siglo y a la evolución de un pensamiento que tuvo que combatir a la desesperanza, al miedo y a la frustración que produjo la sinsrazón de la violencia.

De tsunamis y otras humedades apocalípticas

Deja un comentario

Hoy estaba en casa de mi amiga Alejandra, como a  eso de la una de la madrugada, cuando empecé a ver, ¡en vivo!, las primera imágenes de un fenómeno tectónico-climático que se viene repitiendo desde hace millones de años sin que ello cause mayor alboroto que el que merece su recurrencia destructiva.  Pero, en este marzo del 2011, las cosas parecen ser diferentes.  En primer lugar, porque el hecho nos sigue sobrepasando dentro de su naturaleza imprevisible. En segundo lugar, porque en esta ocasión, el afectado, fue un pueblo del primer mundo.  En tercer lugar, porque millones de personas pudieron ver en vivo, y a todo color, la avasalladora fuerza del meteoro que  volvió  a hacernos sentir absolutamente impotentes.  Yo no estoy peleada con la naturaleza porque sé que, tratar de forzarla, es sencillamente imposible.  Mucha gente a perdido sus vidas y sus bienes materiales y, esto a Japón, le costará años de esfuerzo para lograr sobreponerse.  Lo harán, por supuesto.  Japón es un pueblo de cultura de supervivencia cuyo desarrollo económico, le ha hecho creer que puede vencer a su propio destino.  Los japoneses tienen la idea de que su archipiélago, algún día, se sumergirá en las profundidades del océano Pacífico sin que nada, ni nadie, pueda evitarlo. Creo que hoy tuvieron un nuevo aviso de que tal cosas sucederá algún día sin remedio.

Sin duda, habrá personas en Occidente que no no podrán alejar de sus mentes la idea de un final del mundo, tal y como hoy lo conocemos, en el 2012; sin embargo, nuestros terrores milenaristas y apocalípticos, no dejan de ser elucubraciones absurdas.  Lo que si es cierto -porque hay vestigios de que tal cosa ocurrió en el pasado-,  es que nuestro planeta se está reacomodando y que es la primera vez que la especie humana presenciará un fenómeno de tal magnitud. No, no se trata de gases que causan el efecto invernadero, ni tampoco de un cambio climático del cual sentirnos absolutos y soberbios culpables.  Se trata de que la tierra entra en una nueva fase de la que tal vez, solo tal vez, resultaremos prescindibles.  Si sucede todo lo que los signos de los tiempos preveen, es muy factible que gran parte de la especie humana no sobreviva al cataclismo.  Finalmente no dejamos de ser seres o entidades biológicas con la misma fragilidad inherente a la de cualquier otra especie que habita nuestro planeta.  Nosotros no seremos los únicos afectados.  Los habitats de muchas especies, mayores y menores, se verán definitivamente afectados y eso implicará la desaparición de todas las especies que no puedan adaptarse a las nuevas condiciones planetarias.  En efecto, la vida continuará poblando la tierra pero no será la misma vida que hoy conocemos, sin duda.  ¿Hasta donde nuestra actual tecnología será capaz de prolongar nuestra cultura más allá de la inevitable catástrofe?  Supongo que hay muy pocas posibilidades de que eso pueda ocurrir en su totalidad; aunque, dentro de un escenario optimista, los jirones que queden de nuestra civilización, podrán servir de base para nuevos desarrollos culturales a lo largo y ancho del renovado planeta.  Lo más probable es que mis ojos no puedan contemplar la maravilla del renacer; pero, sirva mi intención para desear un mundo nuevo y mejor a las futuras generaciones de seres humanos que tengan que adaptarse a esas otras duras condiciones de supervivencia.

Lo sucedido en Japón desgranó, en el interior de mi mente, las anteriores reflexiones.  No, un tsumani no podrá con el orgullo japonés, ni con el inverterado miedo de Occidente a los cambios profundos.  Este tsumani no obligará a las naciones reacias, a firmar ningún protocolo ambiental realizado en la imperial ciudad de Kyoto y tampoco nos abrirá los ojos hacía la catástrofe que nos dirigimos.  Quizá nuestra ceguera sea, después de todo una bendición.

El discurso del rey y la panza del Tepozteco

Deja un comentario

Dije que este lugar lo iba a utilizar para mis inquietudes intelectuales que no tuvieran que ver específicamente con el siglo XIX.  Y bueno, aquí estoy para platicar sobre dos temas: el discurso del rey y la panza del Tepozteco. Si, El discurso del rey es una película y La panza del Tepozteco un texto de José Agustín.  Tal vez, quien lea esto considere que tiene muy poco que ver entre sí si no es la relación que yo establezco entre ellos como lectora y público que observa.

El discurso del rey es una película de gran formato e impecable reparto que no deja de ser absolutamente convencional como producto de consumo cinematográfico. Narrada en un tono melodramático, es capaz de arrancarte tanto sonrisas, como carcajadas y lágrimas.  El tema es algo que no podía tratarse con anterioridad por la cercanía de sus protagonistas a nuestra contemporaneidad; pero,  ahora que la Segunda Guerra Mundial ha cumplido ya setenta años de iniciada, puede tratarse algo tan delicado como el tartamudeo y la incapacidad oratoria del rey Jorge VI, sucesor de Eduardo VIII y padre de Isabel II, todos ellos reyes de Inglaterra.  Como bien reza  la frase promocional de la película, fue el hombre que no quiso ser rey y, sin embargo, tuvo que asumir la corona cuando su tarambana hermano decidió abdicar para poder casarse con una americana dos veces divorciada.  No, no debe de ser fácil cambiar tan radicalmente de vida para convertirte en algo para lo que no te sientes preparado y que consideras tan distante de tí, como la tierra del sol.  Jorge VI fue el rey de la Segunda Guerra Mundial en Inglaterra. Un rey que cohesionó al pueblo inglés y que estuvo al pie del cañón dándole a su pueblo el ánimo que necesitaba solo con su presencia en ese territorio tan amenazado como eran las Islas Británicas.  Tal vez no fue el mejor de todos los reyes ingleses pero, sin duda fue un rey que supo darle un valor nuevo a la monarquía en medio de tiempos convulsos y poco proclives a ella.  Claro que, no lo hubiera logrado del todo sin haberse convertido en ese padre modelo y esposo igualmente modelo, de cara al conservador pueblo inglés.  Colin Firth, sin parecerse, físicamente, es capaz de trasmitir ese espíritu enérgico y al mismo tiempo débil de Jorge VI y, si en esta ocasión le dan el premio Oscar como mejor actor de la industria del cine, se lo tendrá muy bien ganado. Pero, yo no fuí a ver a Colin Firth en la pantalla, fuí a ver a Geoffrey Rush y  a una historia muy humana que aun conmueve.  Fuí a ver a como alguien que no era logoterapeuta titulado, fue capaz de hacer que un hombre, como el mismísimo rey de Inglaterra, fuera capaz de recuperar la confianza en si mismo y poder así trasmitir la fuerza que se necesitaba, en aquellos aciagos momentos, al pueblo inglés.  Ciertamente, esta película contiene muchos “plus” para mí: la actuación de Derek Jacobi, la aparición de Michel Gambon, hasta el cameo del propio Adolf Hitler que sirve para hacer una comparación entre el carisma natural y avasallador del líder nacionalsocialista, y la falta de confianza en si mismo por parte del rey inglés que, sin embargo, supo ganarse a su pueblo con palabras y obras.

Por otro lado, La panza del Tepozteco de José Agustín, siendo como es un librito para chamacos de secundaria, logra  cumplir su cometido de entretener y ser  útil al mismo tiempo.  La trama es vanal pero, curiosamente substanciosa.  Unos cuantos niños descubren, la panza del Tepozteco, un gran monte en las cercanías de Tepoztlán, no solo el refugio de los dioses aztecas si no, más intrínsecamente, su propio destino.  Tiene partes fuertes e incluso poéticas, aunque se sacrifica mucho de la forma por el fondo.  Es un texto de fácil lectura y muy disfrutable, sobre todo para compartirlo con los jóvenes que viven el tránsito entre su edad infantil y la vida adulta.  No me fue difícil visualizarlo con un lenguaje casi cinematográfico y de gozarlo aunque mi conocimiento impidiera que lo pudiera hacer totalmente.  En fin… Estas han sido mis adquisiciones de este pasado fin de semana.

Bienvenidos a mi mundo

Deja un comentario

Pues bien, aquí me tienen intentando, una vez mas llevar un diario cibernético y rescatando lo que fue mi primer blog a punto de su involuntaria extinción. ¿Por qué persisto en tener espacios que no ocupo y que solo yo leo? Por nostalgia, supongo. Pura nostalgia. ¿A qué dedicaré este “wordpress”? Supongo que, como su nombre indica, a llenarlo de palabras de desahogo acerca de mi misma, como único tema; para no variar, supongo. Aunque me gustaría también darle un uso más específico.  No sé, si el Laberinto de “livejournal” cumple con ventilar mis complejidades psicológicas y el Album de Anécdotas de “blogspot” , es el escaparate de mis entretenimientos victorianos, ¿por qué no dedicar este espacio de “wordpress” a mis debrayes intelectualoides? Si, ¿por qué no? Finalmente, dudo que estas entradas tengan más de un lector.  Sirva pues de relax para mi mente y adentrémonos entonces en una nueva aventura marcada por las letras  como expresión de mi propio pensamiento.  ¡Bienvenidos a mi mundo!

¡Hola mundo!

1 comentario

Welcome to WordPress.com. This is your first post. Edit or delete it and start blogging!

Tamara y Dillinger

Deja un comentario

Quiero
escribir. No se exactamente sobre qué; pero, quiero escribir.  Tal vez el tema pudiera ser este alucinante
fin de semana ó como me siento cada día más cansada.  Otro buen tema sería mis lecturas
inconclusas…  En fin, que hay mucho que
contar, aunque no creo que todo resulte interesante. Estoy tratando de
revitalizar mis moribundos “diarios” cibernéticos con un poco de material
cotidiano.  La idea aquí es que no
languidezcan, amén de mostrarme un poco más al mundo. Y empezaré con ese
extraño fin de semana que incluyó una desvelada maratónica después de una
semana gris y anodina.  Este sábado 4 de
julio fue la mar de interesante, se vea por donde se vea.  Fui a ver a una amiga de mi hermana que
trabaja aquí en México y que ese día volaba a Vigo, su ciudad natal, a pasar
las vacaciones con su familia.  Se
ofreció a ponerme en el correo de España un regalo de cumpleaños que llevaba
conmigo casi dos años esperando un mejor momento para iniciar su viaje.  Ahora solo espero que llegue con bien y
completo.  Esa visita fue breve y
dinámica.  Apenas nos conocemos, es la
segunda vez que nos vemos y, así, los tiempos fueron medidos. 

 

Después,
dirigí mis pasos a Bellas Artes, catedral de la cultura en este México de mis
pecados, pues tenía la firme intención de visitar la exposición dedicada a
Tamara de Lempicka, un icono de su tiempo –las décadas de 1920, 1930 y 1940- y
que no pudo tener mejor espacio que las líneas puras del interior “Art Decó”
del Palacio de Bellas Artes.  Tamara de
Lempicka pertenece al mundo del diseño, de la moda y de la imagen “futurista”
de Marinetti, el “gurú” italiano de los años 20 que puso un impactante telón de
fondo al espectáculo “mussoliniano” de la Italia de esa época.  Su dibujo perfecto, sus líneas inspiradas en
el Renacimiento italiano y sus colores puros, hacen de ella una artista
revalorada en las últimas décadas.  Una
artista a la que se le perdonan todos sus “snobismos” de aristócrata tendientes
exaltar una belleza, tan ideal como artificial. 
Sin embargo, para mí, fue un viaje por el tiempo.  Un viaje hasta esas décadas alucinantes de la
entreguerra europea que tanto me han seducido desde mi adolescencia. Tamara
vivió sus últimos años en México, concretamente en la bella ciudad de
Cuernavaca, refugio favorito de aristócratas y artistas.  Allí murió en medio de ese espacio
privilegiado de la geografía mexicana y sus cenizas fueron esparcidas sobre el
Guardián del valle, el humeante Popocatepetl, a petición expresa de la casi
nonagenaria mujer. Esta visita también fue rápida aunque intensa en
emociones. 

 

Saliendo
de la exposición, me encontré con Vero y, mientras caminábamos por las calles
del centro de la Ciudad de México rumbo a la casa de nuestra común amiga Laura,
nos metimos en cuanta tienda de ropa nos llamó la atención a ver que encontrábamos.  En el “Inter”, se nos atravesó el Palacio de
Iturbide con una exposición plástica del acervo particular del Fondo Banamex.  El camino se estaba haciendo largo pero muy
disfrutable –sobre todo cuando yo volvía estar frente a pinturas que solo
podido ver en algún catálogo o colgadas en otras paredes hace mucho, mucho
tiempo-.  Creo que es de dominio público
que la estética decimonónica me seduce y, por lo tanto, babeé a gusto frente a
los retratos y las vistas de un México que me hubiera gustado conocer y al que
imagino a través de esas imágenes, más o menos fidedignas. Volví a encontrarme
con Velasco, con Landesio, con Cordero, con Pingret, con una breve pero selecta
lista de pintores decimonónicos -anteriores y posteriores a ese 1800-, que me
embelesaron hasta el punto de no querer salir de ese patio tan lleno de
historia.  Vi un par de vestidos que
definitivamente me inspiraron en mi intención de poder recrearlos algún día,
aunque no sea de manera perfecta.

 

Cuando
llegamos a la casa de Laura, yo iba con la sana intención de salir de allí a
una hora razonable pero, no fue así.  Lo
primero que constaté es que mi ahijado Iván, cada vez está más lindo, rollizo y
saludable como bebé de estampa.  Y
después, me enzarcé en una conversación que terminó ¡a las 6 de la mañana del
domingo 5 de julio! En efecto, no dormí. 
De todas maneras, no resentí la desvelada hasta después que regresé a
casa a las 24 horas de haber salido de ella. 
Si, después de la prolongada charla con Laura y otro amigo, tuve que
irme a Coyoacán a encontrarme con Anabel con quien celebré nuestros mutuos
cumpleaños. Desayunamos en el Sanborns mientras charlamos sobre nuestras
actuales situaciones y nos pusimos al corriente.  Nos dimos nuestros regalos y el de ella
consistió en un libro cuya lectura me está absorviendo por completo en estos
momento –prometo comentar, en otra ocasión sobre la doctora Elisabeth
Kübler-Ross-. Aguanté hasta el mediodía y, cuando llegué a mi casa, me metí
entre las sábanas para dormir y recuperar, como fuera, esa noche sin sueño que
volvió a dejarme grandes enseñanzas.  Por
supuesto, no lavé y tampoco salí a comprar lo que necesito para la semana.  Solo dormí y, entre sueño y sueño, hablé con
mi querida Rosario y después me comuniqué con Alejandra y Kim para tratar de
ponerme de acuerdo para este próximo fin de semana.

 

¿Ven
como el periplo, y la larga jornada, fueron intensos y exhaustivos?  Hacía meses que no vivía algo así y puedo
decir que, a pesar del natural cansancio, me revitalizó alejando el cielo gris
plomizo de la aburrida rutina.  Hay poco
más que añadir en este fin de semana, así que, de momento,  aquí lo dejo hasta la próxima ocasión en que
tenga algo más que decir.  Por cierto, y
antes de cerrar esta edición, comentaré que hoy vi “Enemigos Públicos”, casi
hasta el final.  Johnny Deep, es Johnny
Deep y puedes ver, a través de su actuación a otros de sus personajes más
connotados –especialmente al protagonista de “Desde el Infierno”-.  No puedo decir que sea una pésima, ni
siquiera una mala película; pero, tampoco puedo decir que sea una película
excelente.  Más bien es una película
extraña con inquietantes interpretaciones que no terminan de recrear por
completo, y de una manera casi perfecta, el mundo y las circunstancias del
famoso enemigo público número uno de Chicago: John Dillinger.  Es más bien una película con un mensaje y una
puesta en escena contemporánea y dispersa, más que concreta.  Salí pues del cine sin haber podido ver el
final, aunque conociéndolo.  Dillinger,
el gángster, es aquí un antihéroe que se enfrenta a un antagonista, un agente
del recién fundado FBI, que parece tener sus mismas virtudes y defectos muy
semejantes.  La película comete el error
de querer despertar las simpatías del espectador hacía un hombre que,
finalmente, era un criminal; además de usar momentos de humor casi paródico
para romper tensiones dentro de una trama violenta.  No, como que le faltó algo; no sé, tal vez
una propuesta diferente y menos maniquea. 
Una propuesta más racional y menos simplista.  Respecto a la recreación…, me da “grima” que
los departamentos de arte de Hollywood, teniendo tanto dinero para este tipo de
producciones, no sepan cuidar ciertos detalles que son básicos a la hora de
hacer creíble la imagen que se proyecta. 
La estética masculina, aparece muy cuidada en esta película; así como
los coches y todo el armamento que se exhibe; pero, la estética femenina es
pobre y las actrices aparecen como disfrazadas en vez de verse cercanas a la
estética ecléctica y  extravagante de los
primeros años de la década de los 30. 
Supongo que ya, ni llorar es bueno.

El regreso de los Ochenta

6 comentarios

Quisiera pedir perdón por haberme
tardado tanto en  actualizar pero, en
realidad, no me sentía con ánimos de escribir nada.  Últimamente, estoy así: sin ganas para nada ó
para casi nada.  Ya no es una sospecha,
es una confirmación de que mi vida está cambiando y que yo parezco no tener
ningún control sobre ese cambio.  No
saben lo mal que me hace sentir eso.  Es
como si de repente mi vida no fuera mi vida, sino la vida de alguien más que
estoy condenada  a vivir.  Como si yo no fuera yo, vamos.  Como si mi vida fuera la vida de alguien
extraño que, lejos de seducirme, me hastía por haberse vuelto absolutamente
ininteligible para mí.  Pero, lo que más
me pesa, es estar perdiendo el gusto por lo que antes me emocionaba y
seducía.  Es como si, de repente, todo
empezara a carecer de sentido a mí alrededor. 
Hay quien puede opinar que estoy exagerando, sin duda; pero, no es así.
Es como si las piezas de mi rompecabezas hubieran dejado de embonar, como si me
encontrara perdida en mi propio laberinto interior.  Poco a poco me voy sintiendo cada vez más
sola, lo que curiosamente no me causa tristeza sino extrañeza.

 

Sin embargo, hoy, en este
momento, voy a tratar de ser todo lo coherente que parece que ya no soy.  Voy a tratar de narra los últimos
acontecimientos de mi vida para ver si alguien me ayuda a encontrar el sentido
perdido a mi existencia.  Iniciaré
diciendo que estoy en plena vorágine de la puesta a punto de los eventos de
Monterrey.  La cuenta regresiva no
tardará en reiniciarse y, antes de que me lo espere, estaré de nuevo haciendo
maletas y encargando mis gatitas con el veterinario.  Esta vez, tengo ganas de regresar. Ganas de
volver a sentir el mismo cansancio de todos los años.  Esta vez tendré una nueva compañera de cuarto
en el hotel y espero sentirme como en mi casa. 
Pero mientras llega, ¿qué esta siendo de mi vida? Fui a un concierto
espectacular en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM y volví a ir a la Sala Manuel
M. Ponce del Palacio de Bellas Artes a ser testigo de la entrega de un Premio
Nacional.  El concierto movió mi fibra
más sensible y la entrega del Premio al Doctor Labastida, volvió a cuestionarme
acerca de mi vida entera.  El concierto
fue único puesto que escuche música de Oaxaca con una banda filarmónica mixe,
al renombrado flautista Horacio Franco y al tenor Fernando de la Mora.  Lloré como pocas veces lo he hecho en mi vida
porque la emoción me rebasó y terminé relacionando la música con viejos
recuerdos y sueños imposibles.  Volvía
sentirme atada a una realidad que me constriñe y a desear lo que no tiene caso
desear en mis circunstancias.  Volví a
sentir que el tiempo había pasado sin detenerse y que todo aquello que deseé en
el pasado, se había podrido en mi interior sin dar fruto.   Por eso me sentí triste y por eso lloré,
porque sentí, en ese momento, que estaba dejando atrás mi vida,  toda mi vida, sin vislumbrar siquiera que es
lo que ocultan las nieblas del futuro. 
Después, volvió a suceder el 24 de junio en la entrega del Premio
Nacional al Doctor Labastida.  Yo en
Bellas Artes, entre gente importante y connotada del mundo intelectual.  Por supuesto me dije que yo siempre había
soñado con algo así y me di cuenta con tristeza, una vez más, que los sueños
solo se sueñan y que el vivirlos corresponde a otros, no a mí.  Volví pues a sentir mi vocación de testigo de
los acontecimientos, no de actor de los mismos. 
Volví a sentir que no nací para ser grande, para ser recordada por todos;
al contrario, que llegué a esta vida para ser el testigo perfecto de la vida de
los otros.  Siempre estoy ahí, no lo
niego, pero no como protagonista del momento. 
Bueno, tampoco puedo quejarme ya que, me pese o no, mi vida tiene algo
de única y puede haber gente que la considere interesante aunque para mí no sea
más que una vida común y corriente, como la de cualquiera.  Supongo pues, que lo que siento tiene
relación con este estado de transformación en el que me hallo.

 

Por último, y para seguir con la
tónica del testigo, el jueves se murieron Farrah Fawcett y Michael
Jackson.  Lo de Farrah era algo que ya se
esperaba desde que se hizo público que padecía cáncer, lo de Michael, fue
sorpresivo. Farrah fue un icono de finales de la década de los setentas, un
modelo de belleza que coexistió con ese otro modelo que Bo Derek.  Farrah fue el “Angel de Charlie” que se casó
con el “Hombre biónico”, Lee Majors y después con otro actor icónico de la
década de los setentas: Ryan O´Neal. 
Supongo que su deceso me regresó a mi adolescencia, cuando todas querían
peinarse como Farrah Fawcett y tener la sensualidad ingenua de un “Angel de
Charlie”.   Y, en medio de esos recuerdos
nostálgicos, llegó de repente la noticia del deceso de Michael Jackson.  Nunca fui “fan” de él ni de su música, aunque
me gustaba como bailaba; especialmente cuando sus hermanos mayores, “los
Jackson Five”, lo subían al escenario cuando era un niño.  Si, para mí, Michael Jackson siempre será ese
niño talentoso que rebasó como solista la carrera de sus hermanos mayores.  Ese adolescente que alcanzó la luna con su
fama y que, un buen día, empezó a cambiar hasta lograr mimetizarse con la
imagen de su protectora Diana Ross.  En
ese punto, cuando él dejó de ser él para convertirse en la imagen que él
deseaba proyectar de si mismo, fue cuando dejó de interesarme.  Después, se convirtió en una especie de caricatura
en un afán por detener el tiempo y congelarse dentro de una monstruosa infancia
idealizada y artificial ajena la realidad de su propio crecimiento. Supongo que
su posición de figura pública y, por lo tanto, de icono de más de una
generación, le permitió ser todo lo excéntrico que le dio la gana sin tener que
preocuparse por coherencias ó lógicas de vida. Su muerte me volvió otra vez en
testigo de un parteaguas generacional –ya había vivido algo así cuando el
deceso de Elvis ó de John Lennon-.  En
fin, que esta semana se empeñó en hacerme sentir extraña y torpe frente a un
realidad que parece estarme rebasando día a día.

Una paradoja más

1 comentario

Este
es el tercer intento que hago esta noche para poder escribir algo coherente que
publicar en alguno de mis espacios públicos. 
Hoy ha sido un día de infinita flojera y creo que mi vida, actualmente,
está perneada de ese humor anodino. 
Desde que empezó todo esto de la famosa “influenza”, me siento bandeando
entre el enojo y el “valemadrismo”.  Tomé
el “Aderogyl” porque me lo “enjaretaron” en una escena digna del fin de la
guerra en el “bunker” de Adolf.  Si, hay
mucho del Final de los Tiempos flotando inopinadamente entre nuestros silencios
cotidianos.  Hay una extraña sensación de
Apocalipsis tácito mientras transitas de tu casa al trabajo y viceversa.  Eso es lo que me tiene enojada, la manera en
como la gente trasmite su angustia y su preocupación por algo que sencillamente
a rebasado su entendimiento.  No, ésta no
es una entrada informativa; ésta es solo una entrada de desahogo.  He tenido la negra mano de la amenaza sobre
mi cabeza todos estos días.  Una mano
pesada de tacto brutal cada vez que alguien insistía en ese: “cuídate. Usa el
cubrebocas. No te expongas al contagio” y entonces, algo en mi interior, esa
fuerza que clama por mi autodestrucción, me susurraba al oído que finalmente
había llegado el momento de partir para siempre.  Reconozco mi vocación de suicida y aunque le
tengo miedo a ese gran paso de transición hacia lo desconocido, no dejo de
reconocer que hay una parte de mí que ha querido dejar de ser desde hace mucho,
mucho tiempo.

 

Pero,
ese virus mutado que pegó el brinco de los puercos, nuestros compatibles
genéticos, a los humanos, no será el causante de mi extinción.  Y no porque yo haya tomado medidas
extraordinarias para evitar el contagio –cosa que, como bien supondrán, no he
hecho-; sino porque es un virus que, si bien llega a matar, solo lo hace en
condiciones muy especificas de descuido en su tratamiento y, me guste o no, no
estoy viviendo en 1918 sino en el 2009 con sus “pros” y sus “contras” de
higiene y salubridad.  El aire era de
mejor calidad entonces, así como el agua y los alimentos en sus composiciones
originales.  La gente desarrollaba
mayores anticuerpos aunque eso significara arriesgar sus vidas cada vez que
padecían de una infección.  Hoy somos más
débiles que aquellos que vivieron los tiempos de la gran “gripe española”,
pariente genética no muy lejana de esta “gripe porcina” que nos tiene aterrados.  Débiles para generar anticuerpos en medio de
una civilización que se debate entre la higiene y la contaminación ambiental
que respiramos e ingerimos en nuestros alimentos.  Utilizamos más agua para mantenernos limpios
a nosotros mismos y mantener limpio a nuestro entorno inmediato; pero, regamos
con aguas negras las plantas que más tardes ingerimos o alimentamos con hormonas
a los animales cuya carne consumimos.  Somos pues una sociedad contradictoria y
abusiva, una sociedad que vive aterrada ante la posibilidad de contraer una
enfermedad que nos lleve a la tumba cuando las estamos consumiendo en nuestros
alimentos o respirándolas en el mismo aire. 
No, no estoy viendo esto desde un punto de vista distorsionado.  La “gripe porcina” mata si no es atendida
oportunamente; pero la contaminación en la que vivimos mata, silenciosamente y
a largo plazo, provocándonos esos cánceres, esos males de Alzhaimer o males de
Parkinson, entre otras dolencias mortales, que vemos hoy en día en cada acta de
defunción contemporánea.

 

Si,
hoy hemos ganado en longevidad, es cierto, pero no precisamente en calidad de
vida.  Hoy vivimos aterrados ante la
posibilidad de que un virus extraordinario nos haga sucumbir sin pensar en la
cantidad de gases que inhalamos de manera cotidiana y de químicos que ingerimos
diariamente y que son estos elementos los que van dando una identidad
a nuestra futura muerte.  ¡Que paradójica
es pues nuestra actual circunstancia!

Entradas más antiguas

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.