Quiero
escribir. No se exactamente sobre qué; pero, quiero escribir. Tal vez el tema pudiera ser este alucinante
fin de semana ó como me siento cada día más cansada. Otro buen tema sería mis lecturas
inconclusas… En fin, que hay mucho que
contar, aunque no creo que todo resulte interesante. Estoy tratando de
revitalizar mis moribundos “diarios” cibernéticos con un poco de material
cotidiano. La idea aquí es que no
languidezcan, amén de mostrarme un poco más al mundo. Y empezaré con ese
extraño fin de semana que incluyó una desvelada maratónica después de una
semana gris y anodina. Este sábado 4 de
julio fue la mar de interesante, se vea por donde se vea. Fui a ver a una amiga de mi hermana que
trabaja aquí en México y que ese día volaba a Vigo, su ciudad natal, a pasar
las vacaciones con su familia. Se
ofreció a ponerme en el correo de España un regalo de cumpleaños que llevaba
conmigo casi dos años esperando un mejor momento para iniciar su viaje. Ahora solo espero que llegue con bien y
completo. Esa visita fue breve y
dinámica. Apenas nos conocemos, es la
segunda vez que nos vemos y, así, los tiempos fueron medidos.
Después,
dirigí mis pasos a Bellas Artes, catedral de la cultura en este México de mis
pecados, pues tenía la firme intención de visitar la exposición dedicada a
Tamara de Lempicka, un icono de su tiempo –las décadas de 1920, 1930 y 1940- y
que no pudo tener mejor espacio que las líneas puras del interior “Art Decó”
del Palacio de Bellas Artes. Tamara de
Lempicka pertenece al mundo del diseño, de la moda y de la imagen “futurista”
de Marinetti, el “gurú” italiano de los años 20 que puso un impactante telón de
fondo al espectáculo “mussoliniano” de la Italia de esa época. Su dibujo perfecto, sus líneas inspiradas en
el Renacimiento italiano y sus colores puros, hacen de ella una artista
revalorada en las últimas décadas. Una
artista a la que se le perdonan todos sus “snobismos” de aristócrata tendientes
exaltar una belleza, tan ideal como artificial.
Sin embargo, para mí, fue un viaje por el tiempo. Un viaje hasta esas décadas alucinantes de la
entreguerra europea que tanto me han seducido desde mi adolescencia. Tamara
vivió sus últimos años en México, concretamente en la bella ciudad de
Cuernavaca, refugio favorito de aristócratas y artistas. Allí murió en medio de ese espacio
privilegiado de la geografía mexicana y sus cenizas fueron esparcidas sobre el
Guardián del valle, el humeante Popocatepetl, a petición expresa de la casi
nonagenaria mujer. Esta visita también fue rápida aunque intensa en
emociones.
Saliendo
de la exposición, me encontré con Vero y, mientras caminábamos por las calles
del centro de la Ciudad de México rumbo a la casa de nuestra común amiga Laura,
nos metimos en cuanta tienda de ropa nos llamó la atención a ver que encontrábamos. En el “Inter”, se nos atravesó el Palacio de
Iturbide con una exposición plástica del acervo particular del Fondo Banamex. El camino se estaba haciendo largo pero muy
disfrutable –sobre todo cuando yo volvía estar frente a pinturas que solo
podido ver en algún catálogo o colgadas en otras paredes hace mucho, mucho
tiempo-. Creo que es de dominio público
que la estética decimonónica me seduce y, por lo tanto, babeé a gusto frente a
los retratos y las vistas de un México que me hubiera gustado conocer y al que
imagino a través de esas imágenes, más o menos fidedignas. Volví a encontrarme
con Velasco, con Landesio, con Cordero, con Pingret, con una breve pero selecta
lista de pintores decimonónicos -anteriores y posteriores a ese 1800-, que me
embelesaron hasta el punto de no querer salir de ese patio tan lleno de
historia. Vi un par de vestidos que
definitivamente me inspiraron en mi intención de poder recrearlos algún día,
aunque no sea de manera perfecta.
Cuando
llegamos a la casa de Laura, yo iba con la sana intención de salir de allí a
una hora razonable pero, no fue así. Lo
primero que constaté es que mi ahijado Iván, cada vez está más lindo, rollizo y
saludable como bebé de estampa. Y
después, me enzarcé en una conversación que terminó ¡a las 6 de la mañana del
domingo 5 de julio! En efecto, no dormí.
De todas maneras, no resentí la desvelada hasta después que regresé a
casa a las 24 horas de haber salido de ella.
Si, después de la prolongada charla con Laura y otro amigo, tuve que
irme a Coyoacán a encontrarme con Anabel con quien celebré nuestros mutuos
cumpleaños. Desayunamos en el Sanborns mientras charlamos sobre nuestras
actuales situaciones y nos pusimos al corriente. Nos dimos nuestros regalos y el de ella
consistió en un libro cuya lectura me está absorviendo por completo en estos
momento –prometo comentar, en otra ocasión sobre la doctora Elisabeth
Kübler-Ross-. Aguanté hasta el mediodía y, cuando llegué a mi casa, me metí
entre las sábanas para dormir y recuperar, como fuera, esa noche sin sueño que
volvió a dejarme grandes enseñanzas. Por
supuesto, no lavé y tampoco salí a comprar lo que necesito para la semana. Solo dormí y, entre sueño y sueño, hablé con
mi querida Rosario y después me comuniqué con Alejandra y Kim para tratar de
ponerme de acuerdo para este próximo fin de semana.
¿Ven
como el periplo, y la larga jornada, fueron intensos y exhaustivos? Hacía meses que no vivía algo así y puedo
decir que, a pesar del natural cansancio, me revitalizó alejando el cielo gris
plomizo de la aburrida rutina. Hay poco
más que añadir en este fin de semana, así que, de momento, aquí lo dejo hasta la próxima ocasión en que
tenga algo más que decir. Por cierto, y
antes de cerrar esta edición, comentaré que hoy vi “Enemigos Públicos”, casi
hasta el final. Johnny Deep, es Johnny
Deep y puedes ver, a través de su actuación a otros de sus personajes más
connotados –especialmente al protagonista de “Desde el Infierno”-. No puedo decir que sea una pésima, ni
siquiera una mala película; pero, tampoco puedo decir que sea una película
excelente. Más bien es una película
extraña con inquietantes interpretaciones que no terminan de recrear por
completo, y de una manera casi perfecta, el mundo y las circunstancias del
famoso enemigo público número uno de Chicago: John Dillinger. Es más bien una película con un mensaje y una
puesta en escena contemporánea y dispersa, más que concreta. Salí pues del cine sin haber podido ver el
final, aunque conociéndolo. Dillinger,
el gángster, es aquí un antihéroe que se enfrenta a un antagonista, un agente
del recién fundado FBI, que parece tener sus mismas virtudes y defectos muy
semejantes. La película comete el error
de querer despertar las simpatías del espectador hacía un hombre que,
finalmente, era un criminal; además de usar momentos de humor casi paródico
para romper tensiones dentro de una trama violenta. No, como que le faltó algo; no sé, tal vez
una propuesta diferente y menos maniquea.
Una propuesta más racional y menos simplista. Respecto a la recreación…, me da “grima” que
los departamentos de arte de Hollywood, teniendo tanto dinero para este tipo de
producciones, no sepan cuidar ciertos detalles que son básicos a la hora de
hacer creíble la imagen que se proyecta.
La estética masculina, aparece muy cuidada en esta película; así como
los coches y todo el armamento que se exhibe; pero, la estética femenina es
pobre y las actrices aparecen como disfrazadas en vez de verse cercanas a la
estética ecléctica y extravagante de los
primeros años de la década de los 30.
Supongo que ya, ni llorar es bueno.